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La dimensión social de la sexualidad

El comportamiento sexual funciona como una forma de comunicación social, pues a través de él podemos expresar afecto, amor, odio, cólera, insatisfacción, deseo y necesidad entre otras emociones, sentimientos y sensaciones.

Las organizaciones sociales determinan quién podrá expresar su sexualidad y cómo, establecen los porqués y asignan con quién y el qué. Por ejemplo, en muchas sociedades se cree que las personas adultas mayores o las que presentan algún tipo de discapacidad no tienen derecho a expresar su sexualidad.

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El concepto de “género” surgió durante la década de 1960 en el contexto de investigaciones médicas sobre trastornos de la identidad sexual de los seres humanos, y los trabajos de Robert Sto-ller se consideran pioneros en esta materia.

Este autor, basado en sus investigaciones en niños y en niñas con problemas anatómicos en la distinción de sus órganos sexuales, concluyó que la identidad sexual de las mujeres y de los hombres no era resultado directo de su sexo biológico, sino de las pautas de socialización y de representación cultural sobre lo que significa ser mujer o ser hombre en un determinado contexto social; y esta conclusión dio paso al reconocimiento de la diferencia entre sexo y género para connotar los aspectos biológicos de los culturales y los sociales en la construcción de la identidad de las personas.

El género es el resultado de un proceso de aprendizaje tanto familiar como social, que iniciándose desde el nacimiento clasifica a los seres en masculinos o en femeninos, se refiere básicamente a actitudes y a comportamientos, y tiene como base los atributos culturales del momento socio-histórico que se viva.

Tanto las teorías de la identificación como las del aprendizaje social describen las experiencias sociales que influyen en el desarrollo del género de los niños.

La teoría de la identificación se deriva del punto de vista de Sigmund Freud de que los niños preescolares desarrollan una atracción sexual hacia el padre del sexo reproductivamente complementario (Complejo de Edipo), hacia los 5 o los 6 años de edad el niño renuncia a esta atracción debido a que experimenta sentimientos de ansiedad (castración) y es entonces cuando el niño se identifica con el padre del mismo sexo adoptando de forma inconsciente las características de este último.

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Sin embargo, en la actualidad casi todos los expertos en estudios de género descartan que el desarrollo del género siga este curso, ya que los niños adquieren su tipo de género mucho antes de los 5 o de los 6 años de edad; además de que los hombres aprenden a ser masculinos y las mujeres femeninas aún cuando el padre del mismo sexo no esté a su alrededor.

Por su parte, la teoría del aprendizaje social del género afirma que el género de los niños se desarrolla a través de la observación y de la imitación del comportamiento del género, así como a través del reforzamiento y del castigo del comportamiento de género. Los padres y la sociedad en general frecuentemente utilizan recompensas y castigos para enseñar a las niñas a ser femeninas y a los niños a ser masculinos con base en sus actitudes y en su comportamiento.

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Por ejemplo, una niña que juega a las muñecas y a la comidita recibe la aceptación de la sociedad y el premio correspondiente, y lo mismo sucede con un niño que juegue al fútbol y que exhiba una conducta de juego rudo; de lo contrario, generalmente ambos son acreedores de un castigo y estas respuestas de la sociedad les enseñan a los niños lo que es un comportamiento de género aceptable y uno inaceptable.

Para su estudio, también se consideran varias dimensiones del género que con fines didácticos dividiremos en género de asignación y en guión social o sexual.
El género de asignación se refiere a la condición de ser niño o niña, es otorgado a las personas en función de la apariencia de sus órganos sexuales externos, y esta asignación ocurre sobre todo en el momento del nacimiento o poco después del mismo.

Si bien es cierto que en la gran mayoría de las ocasiones la asignación de género es coincidente con el sexo del recién nacido, también sabemos que en otros casos esta puede no serlo pues existen algunos trastornos genéticos cuyo resultado repercute por ejemplo en la diferenciación sexual, y que provocan una confusión sobre el sexo de las personas.

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Este es entre otros el caso de un padecimiento llamado hiperplasia suprarrenal congénita, en la cual un recién nacido de sexo femenino puede presentar una ambigüedad de sus órganos sexuales, en donde el clítoris es excesivamente grande pudiéndose confundir con un pene y los labios mayores presentan una forma y una coloración que los asemejan a las bolsas escrotales.

En un caso como este se podría asignar equivocadamente un género masculino y así, en los años subsiguientes, esta persona sería considerada hombre con el correspondiente trato y educación que la sociedad reclama como esperada para él.

El guión o el rol sexual es el comportamiento que los individuos adoptan de acuerdo a los requerimientos sociales, en función de su género e implícitamente de su presunto sexo.

Los guiones son los planos que la persona puede tener en su cabeza para lo que está haciendo y para lo que va a hacer, justifican los actos que están de acuerdo con ellos, hacen que pongamos en tela de juicio los que no lo están y especifican como copias heliográficas los qué, quiénes, cuándo, dónde y por qué de determinados tipos de actividad.

Los guiones sexuales son subconjuntos de guiones sociales, formulados en las mismas formas y con idénticos propósitos.

Todos los individuos tienen guiones sexuales que varían según sus guiones culturales y varían aún más cuando los ponen en uso en situaciones sexuales concretas, como por ejemplo, cuando un hombre o cuando una mujer coquetean y manifiestan conductas específicas de cada uno de ellos para esa situación en particular.

Los estereotipos de género son el resultado de considerar que determinadas actitudes, conductas, emociones y sentimientos son apropiados para uno de los sexos y no para el otro; son los planteamientos a priori de lo que “debe de ser”. Desde la infancia introyectamos estas actitudes sin cuestionarlas como si estas diferencias fueran naturales y no establecidas por la cultura, olvidando que el sexo se refiere únicamente a una diferencia biológica y anatómica.

Los roles de género se han organizado de tal forma que tradicionalmente se coloca al hombre en una posición dominante y a las mujeres en una posición subordinada, subrayando todas las diferencias superficiales entre hombres y mujeres y dando origen a la asignación de casi todas las tareas. Esta organización excluye la posibilidad de equidad y de reciprocidad entre los sexos o entre los géneros, ocasionando rigidez y polarización.

Por ejemplo, se cree que las mujeres deben aspirar ante todo a casarse y a ser madres, se cree que tienen un instinto maternal y que alcanzan su máxima realización cuando tienen hijos; se cree que tienen que agradar y que gustar a los demás, que tienen un nivel de inteligencia inferior al de los hombres, que son sensibles y emocionales por naturaleza, que deben estar a disposición de la sexualidad de los hombres, que deben sacrificarse por su familia y por otras personas, que dependen emocional y económicamente de los hombres, etc.

Y respecto a los hombres, se cree que estos tienen un instinto de agresión que les provoca una tendencia hacia la violencia, que deben ser exitosos en lo público para ser buenos proveedores de su familia, que son los responsables de conquistar a las mujeres; se cree que deben ser caballerosos, atentos y amables, que tienen un instinto sexual mucho mayor que las mujeres, que son muy poco sensibles y no muy emocionales, que son racionales e inteligentes, que deben tomar la iniciativa y marcar las pautas sexuales de la pareja, etc.

A partir de los estereotipos en los roles de género que tanto hombres como mujeres aceptamos como “parte de nuestra naturaleza”, se han generado una serie de mutilaciones que no dejan de ser discriminatorias y cargadas de prejuicios para todos. Por ejemplo, cuando el hombre asume su rol masculino tradicional, al que culturalmente se le asignan los rasgos más positivos, queda sin embargo sometido a una fuerte restricción emocional.

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Existe una imagen de “lo masculino” que ha sido transmitida de generación en generación, que rara vez se somete a una reflexión crítica, y cuya característica sobresaliente es que está constituida por rasgos exteriores: hacer, mostrar, lograr, sin dar mucha importancia a la interioridad y a la parte afectiva del hombre y a todo lo que tenga que ver con emociones, con sentimientos y con necesidades. Y lo mismo sucede con la imagen de “lo femenino” pero en el sentido contrario.

Sandra Bem introdujo en 1974 la idea de que los roles de género no necesariamente tienen que ser uno u otro, y que la persona puede ser altamente femenina, altamente masculina o ninguno de los dos, introduciendo así el concepto de personalidades andróginas o indiferenciadas.

De acuerdo al Inventario de Roles de Sexo de Bem (BSRI) los individuos se pueden clasificar como masculinos, femeninos, andróginos (tanto masculino como femenino) e indiferenciados (ni predominantemente masculinos ni predominantemente femeninos). Este inventario consiste en 60 adjetivos de los cuales 20 son estereotípicamente masculinos, 20 son femeninos y otros 20 no tienen tipificación de género.

            En el Anexo IV correspondiente a este tema aparece el Inventario de Roles de Sexo de Sandra Bem, que te invito a responder.

En los últimos años se le ha dado mucho énfasis al concepto de androginia y muchos teóricos, escritores y poetas hablan del mito platónico del andrógino. Platón relata que los seres humanos alguna vez fueron criaturas completas que eran a la vez hombres y mujeres, cada uno de estos seres tenían cabezas con dos caras, cuatro manos, cuatro pies y órganos sexuales masculinos y femeninos.

Como eran seres completos, se sintieron poseedores de una gran fuerza y desafiaron a los dioses del Olimpo, pero los dioses no soportaron esta insolencia y los castigaron dividiéndolos en dos y enviándolos en direcciones opuestas. A partir de ese momento cada individuo comenzó a sentirse incompleto y a querer volver al estado de totalidad fundiéndose con otra persona.

El mito del andrógino está conectado metafóricamente a muchos problemas psicológicos. Carl Jung, creador de la psicología analítica, al estudiar el núcleo dinámico de los problemas humanos de-mostró que así como cada hombre tiene cromosomas y hormonas femeninas, también posee un grupo de rasgos psicológicos que forman el elemento femenino minoritario dentro de su personalidad, al igual que cada mujer tiene dentro de sí un núcleo masculino minoritario.

Jung llamó ánima al aspecto femenino del hombre y ánimus al aspecto masculino de la mujer, afirmando que es muy importante que una persona exprese características psicológicas del sexo o del género reproductivamente complementario para evitar una personalidad desequilibrada, ya que si un individuo expresa sólo los rasgos del sexo o del género asignado los otros permanecen inconscientes, subdesarrollados y primitivos. Lo masculino y lo femenino en circunstancias saludables van creciendo en armonía en todas las personas, sean hombres o mujeres.

El modelo masculino tradicional tan arraigado en nuestra cultura, la mayoría de las veces impide a los hombres integrar los núcleos psicológicos femeninos de su personalidad. El modelo masculino vi-gente ha configurado un verdadero perfil psicológico donde impera la restricción emocional e ignora que los hombres también tienen necesidades emocionales que necesitan expresarse.

A los niños se les educa para ser ganadores, para estar casi siempre en competencia y mostrar seguridad y un total autocontrol que regule la exteriorización del dolor, de la tristeza, de la ternura, etc. teniendo como resultado que frecuentemente los niños y los jóvenes se sientan frustrados porque la sociedad no satisface sus necesidades afectivas y evolutivas.

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A través del género se puede comprender en qué consiste el proceso social y cultural que da sentido y significado a las diferencias sexuales entre hombres y mujeres. Según este concepto, muchos de los atributos que pensamos como “naturales” en realidad son características construidas socialmente sin relación con el sexo biológico de las personas, y esto significa que la diferencia entre los sexos se va creando en el trato diferencial que reciben las personas según su sexo.

Todos los seres humanos nacen con sexo, pero ninguno nace con género porque este se aprende.

Autor: Héctor Castillo Ortiz

Actualizado: 28 de Agosto, 2018

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